Llegó un día a pararse en la rama de la higuera que estaba al fondo del patio; recargada ya en la barda por el peso de los años. Ni siquiera hizo falta pagar por el.
Con lustroso plumaje verde amarillo, la mirada rabiosa y con el porte de un pavo real, no le fue difícil granjearse las semillas, los cacahuates y los higos.
Y se quedó.
Magdaleno tenía afición, entre muchas otras, de apadrinar perros, en especial los que llegaban sin mas invitación que el plato de comida que servía todas las tardes para la Pirri, una perra mezcla de pastor alemán con pequines, tan corriente como noble. No pensó tener un loro, pero desde esa tarde, aquel que nunca tuvo nombre, se convirtió en la sombra de Don Magdaleno.
Vivió un tiempo al garete, de la higuera a la cocina, merodeando por el patio, persiguiendo a los perros; un día Magdaleno decidió hacerlo mas suyo y le recortó las alas con unas tijeras. Entonces pasaba las tardes montado en la percha que el dueño fabricó para el, con tubos de plomería, codos y soldadura, al oscurecer lo acomodaba en la jaula y lo cubría con un trapo, lo cual indicaba al loro que era tiempo de dormir. Tan de la familia el loro que al menor ruido de trastes en la cocina llamaba a Don Magdaleno papá con su gutural voz de perico, para hacerle saber que él tampoco había comido.
A la niña no le parecía asombroso que el loro de su abuelo dijera algunas palabras y hasta versos completos; en cambio, le sobrepasaba en extrañeza el modo maligno como se descolgaba de su percha con las patas prensadas en el tubo, para alcanzar a cualquiera que se atreviera a saludar a Magdaleno. La nobleza no es una virtud que se espera de un perico así que, sus pupilas indecisas, te permitían reconocer cuando te tenia en la mira, un movimiento brusco o un manotazo inesperado eran clara señal de ataque Y un abrazo ni se diga¡ Erizado como un gato se disparaba volando sin respetar parentesco. ¡Que piensas perico, si este es mi abuelo ! Rezongaba la niña, cuando por las tardes llegaba a saludar a su abuelo con un abrazo apresurado. Nunca tuvo real aprecio por el ave, sin embargo por la compañía incondicional que le entregaba a su abuelo, logró con el tiempo que la niña se sintiera complacida con el.
En casa de sus abuelos todas las tardes parecían ser siempre la misma, al menos así lucían a los ojos de la niña, que cuando llegaba no podía asegurar si era hoy o ayer. Don Magdaleno pasaba la tarde sentado en su mecedora blanca, de las que te pellizcan cuando te levantas, como decía la niña; en el patio, bajo la sombra de la higuera, con el loro yendo del hombro del abuelo a la percha y de regreso.
Para la niña eran iguales, pero para Magdaleno siempre acompañaban un nuevo pensamiento, una nueva idea, un mejor invento, una añoranza. Como la vez que se propuso hacer veladoras, después de haber dejado el negocio de la tortillería, de haber pensado hacer camioncitos de madera, de dedicarse a reparar planchas y licuadoras. Aquella vez fueron las velas, desde fabricar los moldes de plomo y hervir la parafina en el patio de atrás donde tenía un taller, hasta comercializarlas primero a pie y luego en coche.
En aquel taller, que improvisado una vez en un rincón, con el tiempo se apoderó de todo el patio, Don Magdaleno pasaba las mañanas, desde el primer albor de sol, hasta que escuchaba el grito del loro anunciando el almuerzo.
¡Lavate las manos! ¡Viejo cochino! Renegaba Doña Lupita con mas ternura que enfado, cuando lo esperaba en la mesa para almorzar después de haber amasado la primera tanda de tortillas de harina de aquel día. El se sentaba a la mesa todavía con las manos delineadas de negro por los pliegues y debajo de las uñas, negrura que el jabón ya se negaba a borrar. Y después de nuevo al taller, hasta que lo alcanzaba el remanso de la tarde.
La penumbra.
Así en aquel atardecer que a la niña le parecía el de ayer, Magdaleno pensaba mientras se mecía y esta vez no era ninguna idea para llevar a cabo, no era un invento, era el futuro certero. Donde va a quedar el perico cuando no haya nadie en la casa, que pasará conmigo cuando Guadalupe se haya ido. La niña se mecía a su lado y nunca tuvo idea de tales pensamientos, solo que cada tanto se le estrujaba el corazón al ver los ojos de cielo de su abuelo humedecerse y brillar, pero sin permitir nunca una lágrima salir. A ver Mayica cantame una cancioncita, le pedía Don Magdaleno.
Y así el desfile de las ultimas nubes del día, acompasado por la brisa del verano, arropaba el patio, mientras la niña y el viejo compartían aquella tarde, la misma de ayer.
El loro todavía está.
Don Magdaleno ya no.
Marigloria Zamora